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sábado, 11 de septiembre de 2010

¡Sin comentarios!.


Cuando un político, recibe una pregunta muy comprometedora, su enésima respuesta evasiva, es: ¡sin comentarios!.
Cuando te ves en una situación comprometida, frente a tu empleador o ante un conocido, se te ocurre la útil aplicación del cliché: ¡sin comentarios!, y, adelante. Tijera.jpg_WWW.Practicandounmejorvivir.BLOGSPOT.COM
Cuando contemplas algo o alguien, que simplemente te deja estupefacto, y pareciera como si en lugar de español hablaras chino por cuanto te quedas sin palabras adecuadas, hay va otra vez, te vas por el callejón del: ¡sin comentarios!.
Es que, ¡Sin comentarios!, es esa tijera oportuna, que te permite cortar la tela hasta donde conviene y cuando conviene.
El amor, también tiene sus: ¡sin comentarios!. Lo mismo, la amistad. Lo mismo, la familia. Hay casos de casos, ... que son: ¡sin comentarios!, y practicamos un mejor vivir, cuando afrontamos esos casos con la debida sabiduría que se requiere para quedar bien y vivir en armonía.

Así es. Porque hay situaciones ante terceras personas, que nos sorprenden, nos agradan, nos enfadan, en fin, nos llevan a una situación donde expresar mucha o poca emotividad, puede ser objeto de una interpretación errada de nuestra persona, y acudimos al frívolo: ¡sin comentarios!.
Es que cuando recibes un beso muy apasionado de tu pareja, no sabes cómo expresárselo, ni sabes si conviene expresárselo. Esta es una situación: ¡sin comentarios!, porque de lo contrario podrías arruinar la magia del beso. Ya te lo dije, que el amor, también tiene sus: ¡sin comentarios!.
Es que cuando has disfrutado con tu pareja de momentos de intimidad, que rompen los cánones descriptivos de éxtasis por la intensidad vivida, te ves envuelto en el callejón del: ¡sin comentarios!.
Es que cuando un amigo te sorprende con un gesto de inusitada generosidad, que desborda la expresión del amor fraternal, te ves: ¡sin comentarios!. Aquí entiendes lo que te dije al inicio con aquello de que la amistad, también tiene sus: ¡sin comentarios!.
Es que cuando alguna persona, desconocida o muy apreciada por tí, te hace una inesperada afrenta, y no quieres comprometer tu tranquilidad con el universo, simplemente apelas al: ¡sin comentarios!.
Es que cuando tu hijo te hiere con un comentario, gesto o acción desconsiderado, por el amor que sientes hacia él, asumes la actitud del: ¡sin comentarios!. Te das cuenta que la familia también tiene sus: ¡sin comentarios!.
Todas estas situaciones, ponen a prueba nuestra capacidad de amar. Tales situaciones comprometen nuestro concepto de las personas, el cómo las vemos, cómo las toleramos, y cómo vamos a retribuirles el amor divino.
Pero, este post viene a consecuencia de lo que veo en la cotidianidad de las relaciones interpersonales, donde ya no importa la respuesta que damos, y no medimos el efecto, o hasta el daño que aún sin intención premeditada pudiéramos generar en el otro. Y, eso no es buen vivir. Es preferible, para no herir a los demás, para no pasar por ignorantes o por intolerantes, asumir la posición del ¡Sin comentarios!. Actualmente la gente es muy irascible, y eso no es bueno, ni much0 menos recomendable. Tampoco hay que ser un octogenario, para apreciar la belleza de las relaciones armoniosas entre las personas, ya que los jóvenes, sin tener que copiar conductas acartonadas de siglos pasados, pueden aplicarse al conocimiento y aplicación de modos de interrelación menos controversiales y más conciliadores.



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